
El enjuiciamiento del astado resulta imprescindible para la determinación de su valía. Es, precisamente, su comportamiento en el ruedo el que determinará su importancia por medio de los epítetos concretos que a continuación se relacionan.
De salida, la embestida puede ser espontánea (toro alegre) o retardada (toro tardo); en ocasiones hay que forzarla pisando el terreno del animal (toro reservado).
En su ritmo, puede ser brusca (toro bronco) o progresiva (toro de buena embestida).
En su medida, puede ser larga (toro de arrancada larga), y en ese caso permite mucho juego, o corta (toro de arrancada corta) y que va agotándose, lo cual obliga al hombre a situarse cada vez más cerca para que el animal no se detenga en medio del pase.
En su recorrido, el toro puede tener la cabeza alta o bajarla (toro que humilla); puede no dar cornadas (toro noble) o darlas sólo con las puntas (puntear), o cornear de lado, o cornear hacia arriba (derrotar). El toro cornea generalmente con el mismo pitón y, por tanto, en una misma dirección; pero también puede suceder que emplee sucesivamente los dos cuernos (toro descompuesto).
Al final de la embestida, el toro puede pasar derecho (toro de embestida recta), o bien ceñirse al hombre (vencerse o colarse) y aun buscar al torero detrás del engaño (toro avisado o de sentido).
Tras la embestida, el animal puede escaparse (toro huído) o volverse hacia el torero, lo cual es signo de perfecta combatividad; pero puede también revolverse con un exceso de temperamento (toro revoltoso) e incluso perseguir al hombre (toro pegajoso).
Una indicación importante es, igualmente, la fuerza que lleva el animal, no solamente en su arrancada, sino la que conserva de una embestida a otra. Esta indicación puede calificarse de toro de muchos pies o toro flojo.
Fuentes: “Las claves de la tauromaquia“, Mariano Tomás Benítez. Ediciones Anthema. “El toro y su lidia“, Claude Popelin. Calleja. Madrid.