Posteado por: eltendido | 21 Abril 2009

Belmonte según García Lorca

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Sol y sombra

«Basta escribir estos dos nombres, así, sol con letra negra y sombra con letra amarilla, para cambiar la estética del toreo. Y así tendría que suceder, cuando se juegue con el sol y la sombra. Cuando se pueda hacer de ellos metáfora, o concepto.

Esto no depende de nube, espejo o muro. Depende del torero. Del torero brotan el sol y la sombra.

Lagartijo consiguió corridas en las que no hubo más que sol. Primer experimento glorioso de una estética estatuaria, mortal y sensual como el toro antes de las banderillas. La sombra en Lagartijo fue pura simulación. Amaba el desnudo y la línea concreta, amaba la circunferencia del sol, y suprimió el ángulo infinito de la sombra; ángulo medroso y proyectado, donde suenan anchos ríos bajo ramas silentes. Lagartijo explicó y endureció el sol de los toros. Para los demás toreros siguió habiendo sol y sombra. Su mérito estaba en sortear estos dos elementos enemigos, en el oficio solemne de la corrida.

Bombita, por ejemplo, aprendió a saltar sin constiparse de uno a otro. El Gallo sabe la manera de cerrar los ojos para no enfermar de la vista en el tránsito rápido. Pero, en cambio, el varonil Machaquito ¡qué terribles golpes se daba contra el muro espeso de la sombra!

Los toreros mueren en la plaza por culpa de estas dos mitades antagónicas. Antes que domar el toro, tienen que organizar sus actitudes en este día y noche abrazados en lo redondo e inseparables. Hay un peligroso juego de distancias en lo [blanco] amarillo y en lo negro, el aire se llena de lentes cóncavas y convexas, y el toro se agranda y se achica, ágil, deslumbrador, incierto, como una antorcha en la torre.

El torero que no sepa dar el paso por la raya que divide la plaza, puede caerse por las escaleras o perder para siempre las zapatillas en el tropezón brusco de una arena dura como las onzas de Carlos III, a otra arena blanda y dificulton[era]a como la arena blanda del desierto.

Siempre me ha asustado ver perfilarse a los diestros en la sombra. La sombra está cerrada como un vértice y no ayuda en la fuga precisa, sino que estorba inerte y pesada como una ballena muerta sobre el mar. En cambio el sol está abierto por los cuatro costados. Su aire lleno de olés y de sierpes encendidas da al lidiador conciencia de su ritmo y …nida [comienzo de palabra ilegible] y fe en su espada.

Tenía que llegar Belmonte, vestido de verde, extático, lleno de la emoción curva del arco en tensión, para suprimir teóricamente la violenta luz del sol y la sombra. Brillaban demasiado los alamares de las chaquetillas. El toro, sudoroso, corría vestido de fugaces vides de plata. Los capotes dejaban sus imágenes repetidas en el temblor polvoriento. La plaza necesitaba un reposo y se suspiraba por la luz cenital de los estudios.

Belmonte, dibujante iluminado, domador de ritmos sin cabeza, logra torear bajo la luz de la luna. Cuando sale a la plaza, la corrida toma un color aceitunado perfecto, un color mate que apaga la sístole y la diástole de los abanicos. La plaza queda obscurecida y espléndidamente dibujada. Algunos espectadores tienen los trajes de papel de lija y las ovaciones que surgen cuando el trianero gira sobre su plinto con el mentón clavado sobre la tetilla izquierda tienen la furiosa melancolía de los grandes aguaceros. Nuestro corazón siente la luz de una luna fría. Una luna fría sobre pájaros moribundos. Y Belmonte queda aislado.

Sin sol ni sombra. Empapándose de toro, como el nadador de mar y el niño de domingo, sublime y tranquilo, rodeado del aire conmovedor de las crucifixiones. Si en ese momento miramos a los palcos, veremos a las manolas en vilo, con los ojos abiertos y las caras fosfóricas como alumbradas por mecheros de gas».

Fuente: Obras completas. Tomo III. Artículos. Federico García Lorca. Aguilar.

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